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lunes, 1 de agosto de 2011
Atrochando a lo bestia en Polonia
Sí, sí, ya sé que estas imágenes no son muy ejemplares, pero es fácil opinar desde la oficina. Polonia es un atrasco inmenso, infinito, horrible. La autovía que une Varsovia con Katowice es una obra interminable, bacheada, que atraviesa mil pueblos y ciudades y que además está trufada de semáforos. Cientos de semáforos en la autovía! No conocen los carriles de aceleración y desaceleración, solo hay cruces en cruz y a lo bestia. Es fácil censurarme desde casita por ser tan animal, pero es que tendríais que haber conducido esos infernales 300 kilómetros de atasco.
domingo, 31 de julio de 2011
Una boda lituana y un par de atrochamientos
De las tres repúblicas Bálticas, que poco tienen que ver entre sí, ni siquiera el idioma, la que más me ha gustado, sin que pueda dar una clara razón para ello, es Lituania. No sé, quizá sea que la gente me ha parecido más amable, que las carreteras eran peores y por eso más divertidas, o que la mayoría de las gasolineras estaban atendidas por un empleado y los números eran de los analógicos y no de los digitales. Ya no se ven estos surtidores antiguos donde el combustible hace girar una especie de hélice dentro de una pecera. Es un detalle tonto, lo sé, pero cada uno se fija en lo que le da la gana.
Hablaba el otro día de las bodas. En todos los países las bodas son acontecimientos de lo más importante. Que a mí me resulten cursis o incómodas no las descalifica como evento social de gran magnitud donde todo el mundo viste sus mejores galas, a las niñas las disfrazan de tarta de nata y siempre hay un tío de alguien que acaba bailando borracho y con la camisa por fuera.
Sin embargo, a veces el acontecimiento es externo a la boda y la transforma de arriba a abajo. Como la aparición de un par de motoristas sucios, cabalgando enormes monturas llenas de bártulos, con pintas de extraterrestre y desconocimiento total de las normas sociales, la cortesía local y el idioma. Y entonces se produce el milagro que tanto me conmueve.
La sorpresa se convierte en interés, el extraterrestre recién aparecido en alguien simpático que todo el mundo quiere conocer y cuyos errores se toleran con una sonrisa, y la moto se vuelve un objeto curioso que se torna protagonista incluso de un retrato de boda lituana.
En este raro y gran mundo que nos ha tocado vivir todos podemos ser a veces ángeles y demonios, pero lo que siempre tengo claro es que desde la montura de cualquier princesa de dos ruedas siempre se tienen las mejores vistas. Por eso viajo en moto. Para mirar y aprender.
Y de paso, un par de vídeos de cómo se tiene que atrochar por estas carreteras lituanas siempre en obras.
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